Emma
Emma ¡Ah, si Emma pudiese lograr que Harriet pensara como ella acerca de todo aquel asunto! Ella había introducido a Harriet en el amor; pero ¡ay!, ahora no era tan fácil arrancarlo de su corazón. No era posible desvanecer el hechizo de algo que ocupaba tantas horas vacías como tenía Harriet. Sólo podía ser desvirtuado por otro; y sin duda llegaría este momento; nada podía estar más claro; pero Emma temía que esto era lo único que podía curarla. Harriet era una de esas personas que una vez han conocido el amor, durante todo el resto de su vida tienen que estar enamoradas. Y ahora, ¡pobre muchacha!, lo pasaba mucho peor desde que el señor Elton había regresado. En todas partes creía descubrir su silueta. Emma sólo le había visto una vez; pero Harriet dos o tres veces cada día estaba segura de estar a punto de encontrarse con él, o a punto de oír su voz, o a punto de divisar sus hombros, a punto de que ocurriera algo que mantuviera vivo el recuerdo de él en su imaginación, con toda la favorable calidez de la sorpresa y de la conjetura. Además, continuamente estaba oyendo hablar de él; pues, excepto cuando estaba en Hartfield, se hallaba siempre entre personas que no veían ningún defecto en el señor Elton, y que consideraban que no había nada tan interesante como discutir acerca de sus asuntos; y por lo tanto todas las noticias, todas las suposiciones… todo lo que ya había ocurrido, todo lo que podía llegarle a ocurrir en el desarrollo de sus asuntos, incluyendo su renta anual, sus criados y sus muebles, eran temas que se debatían sin cesar en torno a ella. Sus sentimientos se robustecían al no oír más que elogios del señor Elton, su pesar se avivaba, y se sentía herida ante las incesantes ponderaciones de la felicidad de la señorita Hawkins y por los continuos comentarios acerca de la intensidad del afecto que el vicario le profesaba… el aire que tenía cuando andaba por la casa… incluso el modo en que se ponía el sombrero… todo eran pruebas de lo enamorado que llegaba a estar…