Emma
Emma En realidad no le gustó. No es que se empeñara en buscarle defectos, pero sospechaba que aquello no era verdadera elegancia; soltura, pero no elegancia… Estaba casi segura de que para una joven, para una forastera, para una novia, era demasiada soltura. Físicamente era más bien atractiva; las facciones eran correctas; pero ni su figura, ni su porte, ni su voz, ni sus modales, eran elegantes. Emma estaba casi convencida de que en esto no le faltaba razón.
En cuanto al señor Elton, su actitud no parecía… Pero no, Emma no quería permitirse ni una palabra ligera o punzante respecto a su actitud. Recibir estas primeras visitas después de la boda siempre era una ceremonia embarazosa, y un hombre necesita poseer una gran personalidad para salir airoso de la prueba. Para una mujer es más fácil; puede ayudarse de unos vestidos bonitos, y disfruta del privilegio de la modestia, pero el hombre sólo puede contar con su buen sentido; y cuando Emma pensaba en lo extraordinariamente violento que debía de sentirse el pobre señor Elton al encontrarse con que se habían reunido en la misma habitación la mujer con la que se acababa de casar, la mujer con la que él había querido casarse, y la mujer con la que habían querido casarle, debía reconocer que no le faltaban motivos para estar poco brillante y para sentirse realmente incómodo.