Emma
Emma —No es usted vanidoso, señor Knightley, es lo mÃnimo que yo dirÃa de usted.
Él no dio muestras de haberla oÃdo. Estaba pensativo… y en un tono que delataba la contrariedad, no tardó en preguntar:
—¿De manera que ya suponÃan ustedes que iba a casarme con Jane Fairfax?
—No, le aseguro que yo no. Me ha escarmentado usted demasiado en lo de amañar bodas para que me permitiera tomarme esta libertad con usted. Lo que he dicho ha sido sin darle importancia. Ya sabe usted que siempre se dicen esas cosas sin ninguna intención seria. ¡Oh, no! Le prometo que no tengo el menor deseo ni de que usted se case con Jane Fairfax, ni de que Jane se case con cualquier otra persona. Si estuviera usted casado, ya no vendrÃa a Hartfield, y nos harÃa compañÃa de este modo tan agradable.
El señor Knightley habÃa vuelto a quedar pensativo. El resultado de sus meditaciones fue:
—No, Emma, no creo que el alcance de mi admiración por ella llegue nunca a darme alguna sorpresa… Le aseguro que nunca he pensado en ella de este modo.
Y poco después añadió:
—Jane Fairfax es una joven encantadora… pero ni siquiera Jane Fairfax es perfecta. Tiene un defecto. No tiene el carácter abierto que un hombre desearÃa para la que ha de ser su esposa.