Emma
Emma Frank estaba muy animado; tan locuaz y alegre como de costumbre, y parecía encantado de hablar de su visita anterior y de evocar recuerdos de entonces; pero no dejaba de mostrarse inquieto. No fue su serenidad la que movió a Emma a creer que se había producido un cambio en él. Se le veía intranquilo; evidentemente algo le desazonaba, no tenía sosiego. Aunque jovial como siempre, la suya parecía una jovialidad que no le dejara satisfecho. Pero lo que decidió la opinión de Emma sobre aquel asunto fue el hecho de que sólo permaneció en su casa un cuarto de hora, y que la disculpa que dio para irse tan precipitadamente fue la de que tenía que hacer otras visitas en Highbury.
—En la calle me he encontrado con varios conocidos… no me he parado a hablar con ellos porque no tenía tiempo… pero soy lo suficientemente vanidoso para creer que se sentirían desilusionados si no les visitara, y aunque me gustaría mucho poder prolongar mi visita tengo que irme en seguida.
Emma no dudaba de que él estaba menos enamorado… pero ni la desazón de su espíritu ni su prisa por irse parecían anunciar una curación perfecta; y más bien se sintió inclinada a pensar que todo aquello debía atribuirse al temor de que se avivasen sus antiguos sentimientos y a una prudente decisión de no querer frecuentar demasiado su trato.