Emma

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Al día siguiente seguía firme en su propósito, y salió temprano de su casa para que nada pudiese estorbar su plan. Consideró probable que encontrase por el camino al señor Knightley; o tal vez se presentara en casa de las Bates mientras ella estaba de visita. No tenía ningún inconveniente. No iba a avergonzarse porque vieran su penitencia, tan merecida e impuesta por ella misma. Mientras andaba su mirada no se apartó de la dirección de Donwell, pero no le vio.

«Todas las señoras están en casa». Palabras que nunca le habían producido mucha alegría, como nunca antes de entonces había penetrado por aquel corredor, ni subido aquellas escaleras con deseos de proporcionar un placer, sino simplemente de cumplir con una obligación, que no iba a darle ningún gusto a no ser el del espectáculo de la ridiculez.

Mientras se acercaba oyó que se producía un revuelo; pasos rápidos y palabras apresuradas. Oyó la voz de la señorita Bates que daba prisas a alguien; la sirvienta parecía asustada y confusa; le rogó que esperara un momento y luego la hizo entrar demasiado pronto. Tía y sobrina parecieron huir a la habitación de al lado; y Emma tuvo la visión fugaz de una Jane que daba la impresión de encontrarse muy mal; y antes de que la puerta acabara de cerrarse oyó que la señorita Bates decía:


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