Emma

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—Bueno, querida, diré que te has acostado y estoy segura de que te encuentras mal para eso.

La pobre señora Bates, cortés y humilde como de costumbre, no parecía haber entendido muy bien todo lo que estaba pasando.

—Temo que Jane no se encuentre muy bien —dijo—, pero no lo sé; ellas dicen que está bien. Creo que mi hija vendrá en seguida, señorita Woodhouse. Coja una silla para sentarse, por favor. Si Hetty no se hubiera ido… Yo sirvo para tan poco… ¿Ya ha encontrado la silla? Siéntese donde usted prefiera. Seguro de que mi hija viene en seguida.

Emma deseaba ardientemente que fuera así; por un momento tuvo miedo de que la señorita Bates no quisiera salir a recibirla; pero la señorita Bates no tardó en aparecer.

—¡Oh, qué alegría verla! ¡No sabe cómo se lo agradezco!

Pero la conciencia de Emma le decía que no hablaba con la misma afectuosa volubilidad de antes… que era menos espontánea en sus palabras y en sus modales. Confió en que el mostrarse vivamente interesada por la señorita Fairfax podía contribuir a restablecer la cordialidad de antes. El efecto fue inmediato.


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