Emma

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—¡Ah! Señorita Woodhouse… ¡qué amable es usted! Supongo que habrá oído usted decir… y que viene usted a consolarnos. La verdad es que yo no doy la impresión de estar muy consolada… —enjugándose una o dos lágrimas— pero es que es muy duro para nosotras separarnos de ella después de haberla tenido en casa durante tanto tiempo; y ahora tiene una jaqueca tan horrible… claro que ha estado escribiendo toda la mañana… Y cartas tan largas, ¿sabe usted?, tenía que escribir al coronel Campbell y a la señora Dixon… «Querida», le he dicho yo, «vas a volverte ciega»… porque constantemente tenía los ojos llenos de lágrimas. No es de extrañar, no es de extrañar. Es un gran cambio; y aunque haya tenido una suerte increíble… un empleo como éste… Yo supongo que ninguna joven ha encontrado jamás una cosa parecida la primera vez que lo intenta… No crea que somos desagradecidas, señorita Woodhouse… Nos damos cuenta de que ha tenido muchísima suerte… —volviendo a secarse unas lágrimas— pero… ¡pobrecilla mía…! ¡Si viera usted la jaqueca que tiene! Cuando se tiene una pena muy grande ya sabe usted que no se puede apreciar la buena suerte como merece… Y está tan abatida… Viéndola nadie diría que está tan contenta, que se siente tan feliz por haber conseguido un empleo como éste. Usted ya perdonará que no salga a verla… es que no podría… se ha ido a su habitación… yo le he dicho que se acostara. «Querida», le he dicho, «diré que te has acostado»; pero la verdad es que no se ha metido en la cama; está dando vueltas por la habitación. Pero ahora que ya tiene escritas las cartas, dice que en seguida se encontrará bien. No sabe lo que lamentará el no verla a usted, señorita Woodhouse, pero usted que es tan comprensiva, sabrá perdonarla. La hemos hecho esperar en la puerta… ¡yo estaba tan avergonzada!… pero como había un poco de revuelo… porque, verá, lo que ha pasado ha sido que no la hemos oído llamar, y hasta que estaba en la escalera no nos hemos dado cuenta de que venía alguien. «Sólo es la señora Cole», he dicho yo, «podéis estar seguras. Ella es la única que viene tan temprano». «Bueno», ha dicho ella, «un día u otro tendré que verla, tanto da que sea ahora mismo». Pero entonces ha entrado Patty y ha dicho que era usted. «¡Oh!», he dicho, «es la señorita Woodhouse. Estoy segura de que te gustará verla». «No puedo recibir a nadie», ha dicho ella, y se ha levantado y se ha ido; y éste ha sido el motivo de que la hayamos hecho esperar… nosotras lo hemos sentido tanto, nos ha dado tanta vergüenza. «Si tienes que irte, querida, vete», le he dicho, «diré que te has acostado».


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