Emma
Emma Apretaron el paso y no tardaron en llegar a Randalls.
—Bueno, querida —dijo al entrar en el salón—, ya ves que te la he traÃdo; ahora supongo que pronto te sentirás mejor. Os dejaré solas. No servirÃa de nada seguir aplazándolo. No me iré muy lejos por si me necesitáis.
Y Emma oyó claramente que añadÃa en voz más baja antes de abandonar la estancia:
—He cumplido mi palabra, no tiene ni la menor idea.
La señora Weston tenÃa tan mal aspecto y parecÃa tan preocupada que la inquietud de Emma aumentó; y apenas estuvieron solas la joven dijo rápidamente:
—¿Qué ocurre, mi querida amiga? Veo que ha sucedido algo muy desagradable; dime inmediatamente de qué se trata. He venido durante todo el camino sin saber qué pensar. Las dos odiamos los misterios. No me tengas por más tiempo en esta incertidumbre. Te hará bien hablar de esta desgracia, sea lo que sea.
—¿Es cierto que aún no sabes nada? —dijo la señora Weston con voz temblorosa—. ¿No adivinas, mi querida Emma… no eres capaz de adivinar lo que vas a oÃr?
—Supongo que es algo referente al señor Frank Churchill, ¿no?