Emma
Emma Si ayer supe expresarme como era mi deseo, habrán estado ustedes esperando esta carta; pero tanto si la esperaban como si no, sé que será leÃda con buena voluntad y con indulgencia… Usted, tan bondadosa, creo que necesitará recurrir a toda su bondad para disculpar ciertos aspectos de mi pasada conducta… Pero ya he sido perdonado por alguien que tenÃa más motivos para sentirse ofendido. A medida que voy escribiendo me siento con más valor. Es difÃcil para el afortunado ser humilde. Yo he tenido ya tanta fortuna en las dos ocasiones en las que he solicitado perdón, que corro el peligro de creerme demasiado seguro de obtener el de usted ahora, y luego el de aquellos de sus amigos que tengan algún motivo para considerar que me he portado mal con ellos. Todos ustedes deben intentar comprender cuál era exactamente mi situación cuando llegué por vez primera a Randalls; debe usted pensar que entonces poseÃa un secreto que debÃa seguir siéndolo costara lo que costase. Ésta era la realidad. El derecho que tenÃa a ponerme en una situación que requerÃa tal disimulo ya es otro asunto. No voy a discutirlo aquÃ. En lo referente a mi tentación de creerlo un derecho, remito a quien no opine asà a una casa de ladrillos de Highbury, una casa con simples ventanas en la planta baja y con puertas ventanas en el primer piso. Yo no me atrevÃa a dirigirme a ella abiertamente; mis dificultades, en el estado de cosas que habÃa entonces en Enscombe, son ya lo bastante conocidas para que necesite explicarme más; y fui tan afortunado que conseguà mi propósito antes de que nos separáramos en Weymouth, y convencà a la mujer más recta de toda la creación para que consintiese, dadas las circunstancias, en un compromiso matrimonial secreto… Si ella se hubiese negado me hubiera vuelto loco… Supongo que usted me preguntará qué esperaba conseguir con todo eso… Cuáles eran mis propósitos… Yo esperaba cualquier cosa, todo… que pasara el tiempo, que surgiera una posibilidad, que se diese una circunstancia favorable… lo esperaba todo de los efectos lentos, de los estallidos imprevistos, de la perseverancia y del cansancio, de la salud y de la enfermedad. TenÃa ante mà todas las posibilidades de felicidad, y asegurada la mayor de las dichas al conseguir que me prometiera fidelidad y correspondencia. Si necesita usted más explicaciones, mi apreciada señora, sólo le diré que tengo el honor de ser el hijo de su esposo, y la ventaja de haber heredado su predisposición a esperar que las cosas siempre salgan bien, herencia que siempre será mucho más valiosa que la de casas y tierras… Piense usted entonces en mÃ, en estas circunstancias, efectuando mi primera visita a Randalls; en este punto tengo conciencia de haber obrado mal, porque aquella visita debiera haberla hecho mucho antes. Si recuerda usted aquellos meses advertirá que yo no acudà hasta que la señorita Fairfax estuvo en Highbury; y como era precisamente usted la persona a quien hice el desaire, sabrá perdonarme inmediatamente; pero diré, para atraerme el perdón de mi padre, que debo recordarle que si permanecà tanto tiempo alejado de su casa, fue tiempo en el que no pude disfrutar del bien de conocerla a usted. ConfÃo en que mi conducta durante aquellas dos semanas tan felices que pasé con ustedes no merezca ningún reproche, exceptuando un aspecto. Y ahora entro en lo principal, el único aspecto importante de mi conducta mientras estuve en su casa que me tiene inquieto y que requiere explicaciones más detalladas. Con el máximo respeto y con los sentimientos de la más afectuosa de las amistades, tengo que mencionar aquà a la señorita Woodhouse; mi padre tal vez pensará que deberÃa añadir «y con la más profunda humillación»… Por algunas palabras que se le escaparon ayer vi cuál era su opinión, y reconozco que yo mismo considero justos ciertos reproches… A mi entender, mi trato con la señorita Woodhouse se interpretó de un modo exagerado… A fin de contribuir a guardar aquel secreto tan esencial para mÃ, me vi empujado a hacer un usa indebido de la amistad que se estableció inmediatamente entre nosotros… No puedo negar que la señorita Woodhouse era ostensiblemente el objeto de todas mis atenciones… Pero estoy seguro de que me creerá usted si le digo que de no haber estado yo convencido de que le era indiferente, no hubiese consentido que mis miras personales me impulsaran a seguir adelante… La señorita Woodhouse, aun siendo tan afectuosa, tan encantadora, nunca me dio la impresión de una joven fácil de enamorar; y el que ella fuese completamente ajena a cualquier propensión a enamorarse de mÃ, era no sólo mi convicción, sino también mi deseo… AcogÃa mis deferencias del modo desenvuelto, amistoso, jovial, que a mà más me convenÃa. ParecÃamos entendernos muy bien. Y en nuestras respectivas situaciones, yo estaba obligado a tener aquellas deferencias, y ella también lo creÃa asÃ… No sabrÃa decir si la señorita Woodhouse empezó a entenderme de veras antes de que terminaran aquellos quince dÃas; cuando la visité para despedirme de ella, recuerdo que estuve a punto de confesarle la verdad, y que entonces imaginé que ella no dejaba de abrigar ciertas sospechas; pero no tengo la menor duda de que a partir de aquel momento me ha descubierto, aunque no sé hasta qué punto… Quizá no lo haya descubierto todo, pero con su agudeza ha tenido que darse cuenta de algo… No me cabe ninguna duda. Ya comprobará usted, cuando pueda hablarse con más libertad que ahora de todo este asunto, que no va a tener una gran sorpresa. En muchas ocasiones me lo insinuó. Recuerdo que en el baile me dijo que yo tenÃa que estar muy agradecido a la señora Elton por las atenciones que tenÃa con la señorita Fairfax. ConfÃo en que toda esta historia de mi proceder con ella será admitida por usted y por mi padre como un considerable atenuante de lo que ustedes hayan considerado reprochable en mi conducta. Mientras consideren que me he portado muy mal con Emma Woodhouse, no merece la estimación de ninguno de los dos. Discúlpenme en este punto y aboguen por mà cuando sea posible, para que la señorita Woodhouse me otorgue su perdón y me devuelva su amistad; dÃganle que siento por ella un afecto de verdadero hermano, y que sólo deseo que llegue a estar tan enamorada y que sea tan feliz como yo lo soy ahora… Ahora ya saben ustedes cómo interpretar todas las cosas extrañas que dije o hice durante aquellas dos semanas. Mi corazón estaba en Highbury, y yo sólo procuraba trasladarme allà tan a menudo como me era posible sin despertar sospechas. Si recuerda usted alguna rareza mÃa, sepa ahora a lo que debe atribuirla. Por lo que se refiere a aquel piano del que tanto se habló, sólo creo necesario decir que lo compré sin que la señorita Fairfax tuviera la menor noticia de ello, ya que en caso de habérselo comunicado nunca hubiese querido aceptarlo… La delicadeza de sentimientos de la que ha dado prueba durante todo este tiempo, mi apreciada señora, va mucho más allá de todo lo que yo podrÃa explicarle. No tardará usted, como deseo vivamente, en conocerla bien por sà misma. Nada de lo que yo le diga servirÃa para describirla. Ella misma le demostrará a usted cómo es… pero no de palabra, pues hay muy pocas personas tan empeñadas como ella en ocultar sus propios méritos. Mientras estaba escribiendo esta carta, que será más larga de lo que yo preveÃa, he tenido noticias suyas… Buenas noticias en lo que respecta a su salud… pero como nunca se queja, no me atrevo a estar seguro sobre este punto. Prefiero tener su opinión acerca de su aspecto. Sé que usted no tardará en visitarla; ella teme esta visita. Tal vez la haya hecho ya. DÃgame algo acerca de esto lo antes posible; estoy impaciente por que me dé mil detalles. Recuerde qué pocos minutos estuve en Randalls, y en qué estado de ánimo tan turbado y exaltado; aún no estoy mucho mejor. Aún turbado tanto por la felicidad como por el dolor. Cuando pienso en la amabilidad y el afecto que han tenido para conmigo, en lo que ella vale y en la paciencia que ha tenido, y en la generosidad de mi tÃo, me vuelvo loco de alegrÃa; pero cuando recuerdo todos los trastornos que he ocasionado y lo poco que merezco que me perdonen, me pongo loco de ira. ¡Si pudiese volver a verla! Pero aún no debo hacer tal cosa. Mi tÃo ha sido demasiado bueno conmigo para que yo abuse de este modo… TodavÃa no he terminado con esta larga misiva. Aún no le he dicho todo lo que deberÃa usted saber. Ayer no pude darles muchos detalles más; pero lo inesperado, y en cierto modo lo inoportuno, del modo en que se ha desvelado el secreto, necesita explicación; pues aunque el acontecimiento del pasado dÃa 26, como usted ya habrá pensado, significó para mà la posibilidad de las más felices perspectivas, yo no hubiera tomado medidas tan rápidas de no forzarme a ello circunstancias muy peculiares que me obligaron a no perder ni una hora. Yo hubiese querido evitar todo este apresuramiento, y ella hubiese compartido todos mis escrúpulos con mucha más intensidad y una delicadeza mucho mayor que la mÃa… Pero no pude elegir… El inesperado compromiso que habÃa contraÃdo con aquella señora… AquÃ, mi apreciada señora, me veo obligado a interrumpir bruscamente esta carta, y a serenarme un poco… He estado paseando por el campo y ahora creo que estoy lo suficientemente sosegado para escribir el resto de la carta como debo hacerlo… En realidad éstos son recuerdos muy penosos para mÃ. Me porté de un modo vergonzoso. Y aquà puedo admitir que mi actitud con la señorita Woodhouse, de querer ser desagradable para la señorita Fairfax, fue verdaderamente indigna. Ella quedó muy contrariada y esto hubiera debido bastarme para reparar en lo que hacÃa; no consideró justificada mi excusa de hacer todo lo posible por ocultar la verdad… Quedó muy contrariada; yo pensaba que sin fundamento; yo consideraba que en muchas ocasiones era innecesariamente escrupulosa y precavida; incluso me parecÃa demasiado frÃa. Pero siempre tenÃa razón. Si yo hubiese seguido su criterio y hubiese dominado mi carácter hasta el punto en que ella lo creÃa conveniente, hubiese evitado los mayores sinsabores que he conocido en toda mi vida… Disputamos… ¿Recuerda usted la mañana que pasamos en Donwell? Allà todas las pequeñas diferencias que hasta entonces habÃamos tenido desembocaron en una verdadera crisis. Yo llegué tarde; la encontré regresando a su casa sola y quise acompañarla, pero ella no lo consintió. Se negó rotundamente a permitÃrmelo, lo cual entonces me pareció lo más irracional del mundo. Ahora sin embargo sólo veo en ello una actitud de discreción muy natural y muy fundada. Mientras yo, para engañar a todos ocultando nuestro compromiso, dedicaba todas mis preferencias a otra mujer, de un modo muy poco grato para ella, ¿cómo iba al dÃa siguiente a aceptar una proposición que podÃa hacer completamente inútiles todas las precauciones anteriores? Si alguien nos hubiera visto juntos en el camino entre Donwell y Highbury, hubiera debido sospecharse la verdad… Sin embargo, yo fui lo suficientemente loco como para ofenderme… Dudé de su cariño. Dudé aún más al dÃa siguiente en Box Hill; cuando, provocada por mi conducta, por aquella indiferencia insolente y humillante que yo le mostraba y por la aparente predilección que manifestaba por la señorita Woodhouse, hasta un extremo que ninguna mujer de sensibilidad hubiera podido soportar, expresó su resentimiento con unas palabras que yo comprendà perfectamente. En resumen, mi apreciada señora, que fue una disputa de la que ella no tenÃa la menor culpa, y yo la tenÃa toda; aunque hubiese podido quedarme en casa de usted hasta la mañana siguiente, yo volvà a Richmond aquella misma tarde, simplemente porque no podÃa estar más encolerizado con ella. Aún entonces no fui tan necio como para no pensar que ya volverÃa a reconciliarme con ella; pero yo era el ofendido, ofendido por su frialdad, y me fui decidido a que fuese ella quien diese el primer paso. Siempre me alegraré de que usted no fuera a la excursión de Box Hill. De haber presenciado usted la conducta mÃa allÃ, dudo que nunca más hubiera vuelto a tener una buena opinión de mÃ. El efecto que tuvo en ella se vio por la decisión inmediata que tomó; tan pronto como supo que yo me habÃa ido de veras de Randalls, aceptó el ofrecimiento de la entrometida de la señora Elton; cuyo modo de tratarla, dicho sea de paso, siempre me habÃa llenado de indignación y me la habÃa hecho antipática. No puedo hablar ahora contra un espÃritu de tolerancia del que han dado muestras tantas personas para conmigo; pero de no ser asà protestarÃa airadamente por el modo en que se le tolera todo a esta mujer… ¡Jane!»… ¡Santo Dios! Habrá usted observado que aún no me permito llamarla por este nombre, ni siquiera dirigiéndome a usted. Hágase usted cargo de lo insufrible que me era el verlo citado continuamente por los Elton con toda la vulgaridad de las repeticiones innecesarias y toda la insolencia de una supuesta superioridad. Tenga paciencia conmigo, no tardaré en terminar… Aceptó este ofrecimiento decidida a romper definitivamente conmigo, y al dÃa siguiente me escribió diciendo que nunca más volverÃamos a vernos. DecÃa que se habÃa dado cuenta de que nuestro compromiso sólo nos habÃa traÃdo sinsabores y desdichas a los dos, y que por lo tanto lo consideraba deshecho… Esta carta llegó a mis manos la misma mañana en que murió mi pobre tÃa. Al cabo de una hora ya la habÃa contestado. Pero debido a la confusión de mi espÃritu y a las innumerables cuestiones que tenÃa que resolver en seguida, mi respuesta, en vez de enviarse con las otras muchas cartas de aquel dÃa, se quedó encerrada dentro de mi escritorio; y yo, confiado que ya le habÃa dicho lo suficiente para tranquilizarla, a pesar de que no eran más que unas breves lÃneas, me quedé sin ninguna inquietud… Me decepcionó un poco no tener respuesta suya inmediatamente; pero la disculpé, y estaba demasiado atareado, y ¿se me permite decirlo?, demasiado contento con las perspectivas que se me ofrecÃan, para reparar en aquello; nos fuimos a Windsor… y dos dÃas más tarde recibà un paquete de ella que contenÃa todas mis cartas… y al mismo tiempo unas breves lÃneas por correo en las que expresaba la gran sorpresa que habÃa tenido al no recibir ninguna respuesta a la última de sus cartas; y añadÃa que como mi silencio sobre aquella cuestión no podÃa interpretarse más que de una manera, lo mejor para ambos era que todos los detalles secundarios se resolvieran lo antes posible, que me enviaba por conducto seguro todas mis cartas, y me rogaba que si no podÃa mandarle las suyas a Highbury antes de una semana, que se las mandase a su nombre a… En fin, que tenÃa ante mis ojos la dirección de la casa de la señora Smallridge, cerca de Bristol. Yo sabÃa el nombre, el lugar, estaba enterado de todo aquel asunto, e inmediatamente comprendà lo que habÃa decidido. Algo que estaba totalmente de acuerdo con un carácter tan resuelto como yo sabÃa que era el suyo; y el secreto que habÃa mantenido en su última carta respecto a este propósito, revelaba también su extremada delicadeza… Por nada del mundo hubiese consentido en decirme algo que hubiese sonado como una amenaza… Imagine usted mi sorpresa y mi contrariedad; imagine cómo maldije al servicio de correos, hasta que advertà que sólo se trataba de un descuido mÃo. ¿Qué podÃa hacer? Sólo era posible una cosa… DebÃa hablar con mi tÃo. Sin su consentimiento no podÃa esperar que volviera a escucharme… Le hablé pues… Las circunstancias me eran favorables; la muerte tan reciente de su esposa habÃa suavizado su orgullo, y mucho antes de lo que yo habÃa previsto, se avenÃa a mis deseos. Y aún terminó diciendo con un profundo suspiro, pobre hombre, que me deseaba que fuera tan feliz en el matrimonio como él lo habÃa sido… Yo pensé que serÃa muy diferente al suyo… ¿Se siente usted inclinada a compadecerme por todo lo que sufrà al explicarle mi caso, y por mi incertidumbre mientras todo parecÃa aún indeciso? No; no me compadezca por eso, sino por cuando llegué a Highbury y me di cuenta de todo el daño que le habÃa hecho; no me compadezca sino por el momento en que volvà a verla, pálida y enferma. Llegué a Highbury a una hora en la que, por lo que sabÃa acerca de sus costumbres sobre el desayuno, estaba seguro de tener probabilidades de encontrarla sola… Y no me equivoqué; como no me equivoqué tampoco al decidir efectuar aquel viaje. TenÃa que disipar una contrariedad muy justa y razonable por su parte. Pero lo logré; estamos reconciliados, y nos queremos más, mucho más que antes, y en ningún momento habrá una nueva inquietud que vuelva a interponerse entre nosotros. Ahora, mi apreciada señora, tengo que concluir; pero no podÃa hacerlo antes. Mil y mil gracias por todas las bondades que usted siempre me ha dispensado, y diez mil gracias por todas las atenciones que su corazón quiera tener en lo sucesivo para con ella. Si cree usted que en el fondo soy más feliz de lo que merezco, yo le doy toda la razón… La señorita Woodhouse me llama el niño mimado de la fortuna. ConfÃo en que tenga razón. En un aspecto al menos mi buena suerte es indiscutible: en el de poder considerarme como