Emma
Emma —SÃ, desde luego. Puede acusársele de culpas graves, de egoÃsmo y de ligereza; y estoy totalmente de acuerdo con él en que probablemente será más feliz de lo que merece; pero como, a pesar de todo y sin ninguna duda, está realmente enamorado de la señorita Fairfax, y espero que no tarde en gozar del privilegio de estar constantemente con ella, estoy dispuesto a creer que su carácter mejorará, y que gracias a ella adquirirá una firmeza y una delicadeza de sentimientos que ahora no tiene. Y ahora déjeme hablarle de algo distinto. En estos momentos mi corazón está tan interesado por otra persona, que no puedo dedicar mucho tiempo más a pensar en Frank Churchill. Emma, desde que nos hemos separado esta mañana, no he dejado de pensar en un problema.
Y se lo planteó inmediatamente; la cuestión, expresada en un lenguaje llano, sencillo y caballeresco, como el que el señor Knightley empleaba siempre incluso con la mujer de quien estaba enamorado, era la de que cómo podÃa pedirle que se casara con él, sin dañar por ello la felicidad de su padre. Emma tenÃa preparada la respuesta desde que él pronunció la primera palabra.
—Mientras mi padre viva no puedo pensar en cambiar de estado. No puedo abandonarle.