Emma

Emma

—Pues mira, querida, eso no lo sé, porque nunca oí hablar de la cuestión.

—Pero se ve por lo pequeña que es la escuela, que según dice usted, está dirigida por su hermana y por la señora Bragge; la única escuela que hay, y que sólo tiene veinticinco niños.

—¡Ah! ¡Qué lista eres! Tienes toda la razón. ¡Qué inteligencia más despierta la tuya! Te digo, Jane, que de las dos saldría una mujer perfecta. Con mi vivacidad y tu solidez lograríamos la perfección… Y no es que yo me atreva a insinuar que no haya personas que ya te consideren perfecta… Pero… ¡chist! No añadamos ni una palabra más.

Prudencia que parecía innecesaria; Jane estaba deseando hablar, no con la señora Elton, sino con la señorita Woodhouse, como ésta veía claramente; su voluntad de prestarle más atención, dentro de lo que permitía la cortesía, no podía ser más evidente, aunque en la mayoría de las ocasiones no pudiese manifestarse más que por medio de miradas.

Hizo su aparición el señor Elton. Su esposa le recibió con su característica y chispeante vivacidad.


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