Emma

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En general todo el mundo aprobó calurosamente el proyecto de boda. Unos pensaron que el afortunado era él, otros que la afortunada era ella. Unos aconsejarían que se trasladasen todos a Donwell y que dejaran Hartfield para John Knightley y su familia; y otros auguraban disputas entre los criados de ambas casas; pero en conjunto nadie puso objeciones muy graves, excepto en una habitación de la Vicaría… Allí la sorpresa no fue suavizada por ninguna alegría. El señor Elton, en comparación con su esposa, apenas se interesó por la noticia; se limitó a decir que «aquella orgullosa podía estar ya satisfecha»; y a suponer que «siempre había querido pescar a Knightley»; y sobre el que se instalarán en Hartfield se atrevió a exclamar: «¡De buena me he librado!»… Pero la señora Elton se lo tomó con mucha menos serenidad… «¡Pobre Knightley! ¡Pobre hombre! ¡Qué mal negocio hace!» Estaba muy apenada porque, aunque fuese muy excéntrico, tenía muchas cualidades muy buenas… ¿Cómo era posible que se hubiese dejado pescar? Tenía la seguridad de que él no estaba enamorado… no, ni muchísimo menos… ¡Pobre Knightley! Aquello sería el fin de la grata relación que habían tenido con él… ¡Estaba tan contento de ir a cenar a su casa siempre que le invitaban! Todo esto se habría terminado… ¡Pobre hombre! No volverían a hacerse visitas a Donwell organizadas por ella… ¡Oh, no! Ahora habría una señora Knightley que les aguaría todas las fiestas… ¡Qué lamentable! Pero no se arrepentía en absoluto de haber criticado al ama de llaves de Knightley unos días atrás… ¡Qué disparate vivir todos juntos! No podía salir bien. Conocía a una familia que vivía cerca de Maple Grove que lo había intentado, y habían tenido que separarse al cabo de unos pocos meses.


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