Emma
Emma Por un momento Jane se vio obligada a sonreír abiertamente; y aún seguía sonriendo en parte cuando se volvió hacía él y le dijo en voz baja pero llena de convicción y de firmeza:
—¡No comprendo cómo puedes sacar a relucir esas cosas! A veces tendremos que recordarlas aun a pesar nuestro… ¡Pero que seas capaz de complacerte recordándolas!
Él contestó aduciendo muchos argumentos en su defensa, todos muy hábiles, pero Emma se inclinaba a dar la razón a Jane; y al irse de Randalls y al comparar como era natural aquellos dos hombres, comprendió que a pesar de que se había alegrado mucho de volver a ver a Frank Churchill y de que sentía por él una gran amistad, nunca se había dado tanta cuenta de lo superior que era el señor Knightley. Y la felicidad de aquel felicísimo día se completó con la satisfactoria comprobación de las cualidades de éste que aquella comparación le había sugerido.