Emma

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—Cuando la niña no se encuentre bien del todo, aunque parezca que no sea casi nada y aunque sólo sea por un momento, no deje de llamar siempre a Perry. Uno nunca se asusta demasiado pronto ni llama demasiado a menudo a Perry. Quizás ha sido una lástima que no viniera ayer por la noche; ahora la niña parece estar muy bien, pero hay que tener en cuenta que si Perry la hubiera visto probablemente se encontraría mejor.

Frank Churchill recogió el nombre.

—¡Perry! —dijo a Emma, intentando que mientras hablaba su mirada se cruzase con la de la señorita Fairfax—. ¡Mi amigo el señor Perry! ¿Qué están diciendo del señor Perry? ¿Ha venido esta mañana? ¿Iba a caballo o en coche? ¿Ya se ha comprado el coche?

Emma recordó en seguida y le comprendió; y mientras unía sus risas a las suyas creyó advertir por la actitud de Jane que ella también le había oído, aunque intentaba parecer sorda.

—¡Qué sueño más raro tuve aquella vez! —exclamó—. Cada vez que me acuerdo de aquello no puedo por menos de reírme… Nos oye, nos oye, señorita Woodhouse. Se lo noto en la mejilla, en la sonrisa, en su intento inútil de fruncir el ceño. Mírela. ¿No ve que en este instante tiene ante los ojos aquel trozo de su carta en el que me lo contó…? ¿No ve que está pensando en aquella torpeza mía que no puede prestar atención a nada más aunque finja escuchar a los otros?


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