Emma

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—Harriet, yo no puedo darte ningún consejo. No tengo nada que ver con eso. Ésta es una cuestión que debes decidir tú sola, según tus sentimientos.

—Yo no tenía ni la menor idea de que le atrajese tanto —dijo Harriet, contemplando la carta.

Por unos momentos Emma siguió guardando silencio; pero empezó a comprender que el halago seductor de aquella carta podía llegar a ser demasiado poderoso, y pensó que era preferible intervenir:

—Harriet, para mí hay una norma general que es la siguiente: si una mujer duda si debe aceptar o no a un hombre, lo evidente es que debería rechazarle. Si puede llegar a dudar de decir «Sí», debería decir «No», sin pensárselo más. El matrimonio no es un estado en el que se pueda entrar tranquilamente con sentimientos vacilantes, sin tener una plena seguridad. Creo que es mi deber como amiga tuya, y también por tener algunos años más que tú, el decirte todo esto. Pero no creas que quiero influir en tu decisión.

—¡Oh, no! Estoy tan segura de que me quieres demasiado para… Pero, sólo si pudieras aconsejarme qué es lo mejor que podría hacer… No, no, no quiero decir eso… Como tú dices, debería estar completamente segura… No se puede vacilar en estas cosas… Es algo demasiado serio… Quizá será más seguro decir que no; ¿crees que hago mejor diciendo que no?


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