Emma

Emma

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—¡Oh, no, no! Es mucho mejor que la carta la escribas tú sola. Te expresarás con mucha más propiedad, estoy segura. No hay ningún peligro de que no te hagas entender, y eso es lo más importante. Tienes que expresarte con toda claridad, sin vaguedades ni rodeos. Y estoy segura de que todas esas frases de gratitud, y de sentimiento por el dolor que le causas, y que exige la urbanidad, se te ocurrirán a ti misma. No necesitas que nadie te aconseje para escribirle lamentando la decepción que le causas.

—Entonces tú crees que tengo que rechazarle —dijo Harriet, bajando los ojos.

—¿Que si tienes que rechazarle? ¡Querida Harriet!, ¿qué quieres decir con eso? ¿Es que tienes alguna duda? Yo creía… pero, en fin, te pido mil perdones porque tal vez estaba equivocada. Desde luego, si dudas acerca de lo que tienes que contestar es que yo te había comprendido mal. Yo me imaginaba que sólo me consultabas sobre la manera de redactar la contestación.

Harriet callaba. Emma, adoptando una actitud más reservada, prosiguió:

—Según veo piensas darle una contestación favorable.

—No, no es eso; quiero decir, yo no quiero… ¿Qué tengo que hacer? ¿Qué me aconsejas que haga? Por favor, Emma querida, dime qué es lo que debo hacer…


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