Emma
Emma —SÃ, la verdad es que es una carta muy bonita —replicó Emma con estudiada lentitud—, tan bonita, Harriet, que, teniendo en cuenta todas las circunstancias, creo que alguna de sus hermanas ha tenido que ayudarle a escribirla. Apenas puedo concebir que el joven que vi el otro dÃa hablando contigo se exprese tan bien sin ayuda de nadie, y sin embargo tampoco es el estilo de una mujer; no, desde luego es demasiado enérgico y conciso; no es suficientemente difuso para ser escrito por una mujer. Sin duda es un hombre de sensibilidad, y admito que pueda tener un talento natural para… Piensa de un modo enérgico y conciso… y cuando coge la pluma sabe encontrar las palabras adecuadas para expresar sus pensamientos. Eso les ocurre a ciertos hombres. SÃ, ya me hago cargo de cómo es su manera de ser. Enérgico, decidido, no sin cierta sensibilidad, sin la menor groserÃa. Harriet —añadió devolviéndole la carta— está mejor escrita de lo que esperaba.
—Sà —dijo Harriet, que seguÃa aguardando algo más—. SÃ… y… ¿qué tengo que hacer?
—¿Qué tienes que hacer? ¿Qué quieres decir? ¿Te refieres a esta carta?
—SÃ.
—Pero ¿cómo es posible que dudes? Desde luego tienes que contestarla… y además en seguida.
—SÃ. Pero ¿qué le voy a decir? ¡Querida Emma, aconséjame!