Emma
Emma Emma casi se avergonzó de su amiga al ver que parecÃa tan complacida y tan dudosa.
—¡Vaya! —exclamó—. El joven está decidido a no dejarse perder nada por timidez. Por encima de todo quiere relacionarse bien.
—¿Quieres leer la carta? —preguntó Harriet—. Te lo ruego. Me gustarÃa tanto que la leyeras…
Emma no se hizo rogar mucho. Leyó la carta y quedó asombrada. La carta estaba mucho mejor redactada de lo que esperaba. No sólo no habÃa ningún error gramatical, sino que su redacción no hubiera hecho desmerecer a ningún caballero; el lenguaje, aunque llano, era enérgico y sin artificiosidad, y la expresión de los sentimientos decÃa mucho en favor de quien la habÃa escrito. Era breve, pero revelaba buen sentido, un intenso afecto, liberalidad, corrección e incluso delicadeza de sentimientos. Se demoró leyéndola, mientras Harriet la miraba ansiosamente esperando su opinión, y murmurando:
—¡Vaya, vaya!
Hasta que por fin no pudo contenerse y añadió:
—Es una carta bonita ¿no? ¿O quizá te parece demasiado corta?