Juicio y sentimiento
Juicio y sentimiento Apenas se hubo celebrado el funeral del padre, la señora de John Dashwood, sin comunicar en absoluto sus intenciones a su suegra, se presentó en Norland con su hijo y sus criados. Nadie podía discutirle el derecho a hacerlo: la casa era de su marido desde el día del fallecimiento de su padre; pero la falta de decoro de este proceder fue de lo más extraordinario, y para una mujer en la posición de la señora Dashwood, que sólo tenía sentimientos normales, debió ser algo profundamente desagradable; y es que en su espíritu anidaba un sentido del honor tan acusado, una generosidad tan romántica, que la menor ofensa de este tenor, infligida o sufrida por quienquiera que fuese, era para ella fuente de disgusto inagotable. La señora de John Dashwood nunca había sido persona de la predilección de nadie en la familia de su marido; pero no había tenido oportunidad, hasta el momento, de demostrarles con qué pocos miramientos al bienestar de los demás era capaz de comportarse cuando la ocasión lo requería.
Tanto hizo mella en la señora Dashwood este torpe proceder, y tan profundamente despreció a su nuera por la misma razón, que, a la llegada de ésta, habría dejado la casa para siempre de no haberla antes inducido el ruego de su hija mayor a reflexionar sobre la oportunidad de marcharse; y luego el mismo y tierno amor que profesaba a sus tres hijas la determinó a quedarse y a evitar, por el bien de ellas, una ruptura con su hermano.