Juicio y sentimiento
Juicio y sentimiento La sagacidad de Margaret no siempre se manifestaba de un modo tan convincente. Una noche en que la señora Jennings la acorraló en la finca, a fin de obtener el nombre del joven al que Elinor favorecÃa particularmente, lo cual llevaba tiempo siendo para ella objeto de la mayor curiosidad, Margaret respondió mirando a su hermana, y diciendo:
—¿No debo decirlo, verdad, Elinor?
Esto naturalmente hizo reÃr a todo el mundo; y Elinor también trató de reÃr. Pero el esfuerzo fue doloroso. Estaba segura de que Margaret pensaba en una persona en concreto; y ella sabÃa qué dificil le iba a resultar guardar la compostura si veÃa el nombre de esa persona convertido en una broma continua en boca de la señora Jennings.
Marianne compartió su sentir con la mayor sinceridad; pero hizo más mal que bien a la causa al ponerse muy roja y decirle a Margaret de malos modos:
—Recuerda que, sean cuales fueren tus conjeturas, no tienes derecho a declararlas.
—Nunca he hecho conjeturas al respecto —respondió Margaret—; fuiste tú misma la que me lo dijo.
Esto incrementó la hilaridad de la concurrencia, y Margaret se vio apremiada a decir algo más.
—¡Oh, se lo ruego, señorita Margaret! PermÃtanos saberlo todo —dijo la señora Jennings—. ¿Cómo se llama el caballero?