Juicio y sentimiento
Juicio y sentimiento —No debo decirlo, señora. Pero sé muy bien quién es; y sé también dónde está.
—SÃ, sÃ, podemos adivinar dónde está; seguro que en su propia casa, en Norland. Es el rector de la parroquia, ¿verdad?
—No, eso no. No tiene ninguna profesión.
—Margaret —dijo Marianne, muy excitada—, sabes que todo esto es invención tuya, y que esa persona no existe en realidad.
—Bien, pues, entonces acaba de morir, Marianne, porque estoy segura de que una vez existió ese hombre, y de que su nombre empezaba por F.
En este momento Elinor debió la mayor gratitud a lady Middleton, porque ésta observó que «llovÃa mucho»; pero no pudo dejar de pensar que la interrupción obedecÃa menos a una atención que se le dispensaba que al gran disgusto de su señorÃa por todos esos inelegantes motivos de guasa que tanto complacÃan a su marido y a su madre. Sea como fuere, la idea que ella puso en marcha la recogió en el acto el coronel Brandon, que nunca dejaba de estar atento a los sentimientos de los demás; y mucho dijeron ambos sobre la cuestión de la lluvia. Willoughby abrió el piano, y pidió a Marianne que se sentara a tocar; y asÃ, gracias a los variados esfuerzos de distintas personas por cambiar de tema, éste cayó en el olvido. Pero Elinor no se recobró tan fácilmente del estado de alarma en que la habÃa sumido.