Juicio y sentimiento

Juicio y sentimiento

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Apenas salieron del comedor, Elinor se lo preguntó; y grande fue su sorpresa al conocer que cada una de las circunstancias referidas por la señora Jennings era totalmente cierta. Marianne estaba muy enfadada con su hermana por haberlo dudado.

—¿Por qué ibas a imaginar, Elinor, que no hemos ido, o que no hemos visto la casa? ¿No es lo que a menudo has deseado tú misma hacer?

—Sí, Marianne, pero yo no iría si estuviera la señora Smith, y sin otra compañía que la del señor Willoughby.

—Sin embargo, el señor Willoughby es la única persona que puede tener derecho a enseñar esa casa; y, ya que íbamos en carruaje descubierto, era imposible tener más compañía. No he pasado una mañana más grata en mi vida.

—Me temo —replicó Elinor— que el que una ocupación sea grata no siempre es prueba de que sea acertada.

—Al contrario, no puede haber prueba más firme, Elinor; porque, si hubiera habido algo realmente impropio en lo que hice me habría dado cuenta, pues siempre sabemos cuándo nos estamos conduciendo mal, y con una certeza semejante no habría podido disfrutar.

—Pero, querida Marianne, viendo que ya te han expuesto a observaciones muy impertinentes, ¿no empiezas ahora a dudar de la discreción de tus propios actos?


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