Juicio y sentimiento

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CAPÍTULO II

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La señora de John Dashwood estaba, pues, instalada en calidad de señora de Norland; y la madre de su marido y sus cuñadas se habían visto degradadas a la condición de visitas. Como tales, sin embargo, las trataba con discreta cortesía: y su marido, con toda la amabilidad que era capaz de mostrar a alguien que no fuera él mismo, su mujer o su hijo. De hecho las invitó, con cierta insistencia, a considerar Norland su hogar; y, como a la señora Dashwood ningún plan se le antojaba más deseable que quedarse allí mientras no pudiera encontrar acomodo en una casa de la vecindad, su invitación fue aceptada.

La permanencia en un lugar en el que cada cosa era un recordatorio de su pasada felicidad se adaptaba plenamente a la naturaleza del espíritu de la señora Dashwood. En épocas de entusiasmo, ningún talante podía ser más entusiasta que el suyo, o poseer, en mayor grado, esas optimistas expectativas de felicidad que constituyen la felicidad misma. Pero también en sus penas debía transportarla la fantasía, y tan lejos de todo consuelo como de toda impureza en sus alegrías.


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