Juicio y sentimiento
Juicio y sentimiento —¡Qué magnÃficos pedidos recibirÃa Londres de esta familia —dijo Edward— en una oportunidad asÃ! ¡Vaya dÃa de júbilo para libreros, grabadores y editores de música! Usted, señorita Dashwood, darÃa orden general de que le fuera enviado todo nuevo grabado de calidad… y en cuanto a Marianne, conozco su grandeza de espÃritu, no habrÃa en Londres música suficiente para contentarla. ¡Y libros…! Thomson, Cowper, Scott… los comprarÃa todos una y otra vez. AgotarÃa todas las ediciones, me parece, para evitar que cayeran en manos indignas, y comprarÃa todos los libros que le enseñaran a admirar un viejo árbol retorcido. ¿Verdad, Marianne? Perdóneme, perdone mi descaro. Pero tenÃa ganas de manifestar que no he olvidado nuestras antiguas discusiones.
—Me encanta que me recuerden el pasado, Edward; tanto si es alegre como si es triste, me encanta recordar. Y usted nunca me ofenderá hablando de tiempos pasados. Está usted muy en lo cierto en su suposición de cómo gastarÃa el dinero… al menos, algo de él. El dinero suelto lo emplearÃa sin duda en ampliar mi colección de libros y partituras.
—Y el grueso de su fortuna irÃa a parar a rentas anuales para los autores o sus herederos.
—No, Edward, tendrÃa otras cosas en que invertir el dinero.