Juicio y sentimiento

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CAPÍTULO XVIII

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Elinor observaba, con gran inquietud, el desánimo de su amigo. Su visita no le proporcionaba más que una satisfacción muy parcial, al tiempo que él parecía disfrutarla de un modo muy imperfecto. Era evidente que Edward no era feliz; ella deseaba que fuera igual de evidente que aún la distinguía con el mismo afecto que una vez había estado segura de inspirar; pero hasta ahora la continuación de su preferencia parecía cosa muy incierta; y su actitud reservada contradecía en un momento lo que una mirada más efusiva había indicado el momento anterior.

Edward las acompañó a ella y a Marianne a la mañana siguiente al comedor antes de que las demás hubieran bajado; y Marianne, siempre deseosa de impulsar, en la medida de sus posibilidades, la felicidad de ambos, no tardó en dejarlos a solas. Pero antes de haber llegado a la mitad de las escaleras oyó abrirse la puerta de la sala, y, dándose la vuelta, se quedó atónita al ver que era Edward quien salía.

—Voy al pueblo a ver mis caballos —dijo—, dado que no está usted aún lista para desayunar; estaré de vuelta en un momento.


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