Juicio y sentimiento

Juicio y sentimiento

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—¡Vaya! ¡Qué ricura de aposento! ¡Jamás había visto nada tan encantador! ¡Recuerda, mamá, la última vez que estuve aquí! ¡Cómo ha mejorado! Siempre pensé que era un rincón agradable, señora —se dirigió a la señora Dashwood—, pero ¡usted lo ha convertido en un encanto! ¡Mira, hermana, mira qué delicia es todo! ¡Cómo me gustaría tener una casa así! ¿A ti no, señor Palmer?

El señor Palmer no contestó, y ni siquiera levantó la vista del periódico.

—El señor Palmer no me oye —dijo ella, riendo—, a veces nunca me oye. ¡Es tan gracioso!

Ésta era una idea completamente nueva para la señora Dashwood; nunca había tenido por costumbre encontrar ingeniosa la desconsideración de nadie, y no pudo dejar de mirarlos a ambos asombrada.

Mientras tanto la señora Jennings hablaba en voz muy alta, todo lo que podía, prosiguiendo con la narración de la sorpresa que se había llevado, la noche anterior, al ver a sus hijos, y no paró hasta haberlo contado todo. La señora Palmer se reía con gusto al recordar su perplejidad, y todos convinieron, dos o tres veces más, en que había sido una gratísima sorpresa.


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