Juicio y sentimiento
Juicio y sentimiento A medida que tales consideraciones iban formándose, en dolorosa sucesión, Elinor empezó a compadecerse de él, más que de sà misma. Sabiendo a ciencia cierta que Edward no habÃa hecho nada para perder el derecho a su aprecio, pensó que incluso ahora, cuando las heridas aún estaban húmedas, podÃa dominarse lo suficiente para impedir que su madre y sus hermanas sospecharan lo sucedido. Y tantas facultades tenÃa para responder a sus propias esperanzas que, cuando se vieron a la hora de cenar, sólo dos horas después de haber asistido a la muerte de sus más profundos anhelos, nadie habrÃa imaginado, viendo a las dos hermanas, que Elinor estaba llorando por dentro, pensando en los escollos que habÃan de separarla para siempre del objeto de su amor, y que Marianne se recreaba Ãntimamente en las virtudes de un hombre por cuyo corazón se sentÃa completamente poseÃda, y al que esperaba ver en cada carruaje que oÃa pasar.
La necesidad de ocultar a su madre y a Marianne la confidencia de la que habÃa sido depositaria, aunque la obligaba a un constante esfuerzo, no agravó las penas de Elinor. Fue, al contrario, un alivio poder ahorrarse una revelación que tanto pesar iba a causarles, y al mismo tiempo la condena que, derivada del amor y de un exceso de visión parcial, habrÃa de caer probablemente sobre Edward, y que era algo para lo que ya no se sentÃa con fuerzas.