Juicio y sentimiento

Juicio y sentimiento

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La señora Dashwood había sido informada por su marido de la promesa solemne que había hecho su hijo en favor de ella y que había dado paz a los últimos pensamientos terrenos del caballero. Ella no dudó de la sinceridad de tal promesa más de lo que él mismo había dudado, y la consideró con deleite por el bien de sus hijas, aunque en su fuero interno estaba convencida de que, incluso con una suma muy por debajo de las siete mil libras, habría podido nadar en la abundancia. También se alegraba, muy sinceramente, por el hermano de sus hijas; y se reprochaba haber sido antes injusta con las buenas cualidades de éste creyéndole incapaz de mostrarse generoso. Sus atenciones con ella y con sus hermanas la convencieron de que el bienestar de su familia le preocupaba, y, durante mucho tiempo, confió sin vacilación en la liberalidad de sus propósitos.

El desprecio que, desde el primer momento, había alimentado la señora Dashwood por su nuera creció ampliamente con el más profundo conocimiento del carácter de ésta, que medio año de residencia entre su familia hizo posible; y quizá, a pesar de todas las consideraciones de cortesía o afecto maternal por parte de la más madura, las dos señoras habrían creído imposible que su convivencia durase tanto tiempo de no haberse dado una circunstancia que hizo aún más deseable, al parecer de la señora Dashwood, la permanencia de sus hijas en Norland.


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