Juicio y sentimiento

Juicio y sentimiento

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Elinor no podía creer que se encontrara en el carruaje de la señora Jennings, ni que estuviera emprendiendo un viaje a Londres bajo su tutela, y como huésped suya, sin asombrarse de su propia situación, tan poco tiempo hacía que conocía a esa señora, tan completamente dispares eran en edad y carácter, y ¡tantas pegas había puesto ella, sólo unos días antes, a tomar esta medida! Pero esos reparos, con aquel feliz y juvenil ardor que Marianne compartía con su madre, habían sido totalmente desoídos y desechados; y, a pesar de todas las dudas que de vez en cuando la asaltaban sobre la constancia de Willoughby, no era capaz de presenciar los raptos de radiante esperanza que colmaban el alma y tintineaban en los ojos de Marianne, sin percibir cuán anodinas eran, si se comparaban, sus propias perspectivas, cuán aciago su estado de ánimo y con qué gusto compartiría la ansiedad de su hermana si viera en su horizonte los mismos estímulos, la misma posibilidad de esperanza. En poco, en muy poco tiempo iban a conocerse las verdaderas intenciones de Willoughby; con toda certeza él estaba ya en la ciudad. La impaciencia de Marianne dejaba ver que esperaba encontrarlo allí; y Elinor estaba decidida no sólo a arrojar nueva luz sobre la naturaleza del joven, ya fuera observándole directamente o haciendo acopio de noticias, sino también a vigilar cómo se comportaba con su hermana, y con un celo tal que le permitiera, antes de que se vieran muchas veces, asegurarse de cómo era y de qué quería. Si el resultado de estas observaciones tuviera que ser desfavorable, estaba dispuesta a abrirle los ojos a Marianne como fuese; si no, sus esfuerzos habrían de orientarse en una dirección distinta… Tendría entonces que aprender a evitar toda comparación egoísta, y a proscribir cualquier reproche que pudiera disminuir su satisfacción de ver feliz a su hermana.


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