Juicio y sentimiento
Juicio y sentimiento La casa era bonita y estaba bastante acondicionada, y las señoritas tomaron sin más tardar posesión de unos muy cómodos aposentos. Eran las antiguas habitaciones de Charlotte, y sobre la repisa de la chimenea aún colgaba un paisaje, obra suya, en sedas coloreadas, una prueba de que los siete años pasados en una gran escuela de la ciudad no habían sido del todo en vano.
Como la cena no iba a poder servirse hasta dos horas después, Elinor decidió ocupar el intervalo escribiendo a su madre, y se sentó con este propósito. Pocos momentos después Marianne hacía lo propio.
—Estoy escribiendo a casa, Marianne —dijo Elinor—; ¿no sería mejor que esperaras un día o dos a escribir tú?