Juicio y sentimiento

Juicio y sentimiento

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Al día siguiente Marianne amaneció de mejor humor y con un aspecto feliz. La decepción de la noche anterior pareció quedar olvidada a la espera de lo que el día le podía reservar. Una vez acabado el desayuno, el birlocho de la señora Palmer se paró ante la puerta, y en pocos minutos ésta entró riendo en la habitación; tan contenta de verlas a todas que fue difícil saber si era a su madre o a las señoritas Dashwood a quien más se alegraba de volver a ver. Tan sorprendida de que hubieran ido a la ciudad, aunque eso es lo que había estado esperando todo el tiempo; tan enfadada de que hubieran aceptado la invitación de su madre después de rechazar la suya, aunque, desde luego, si no hubieran ido, ¡jamás se lo habría perdonado!

Después de una o dos horas dedicadas a lo que su madre llamaba charlar agradablemente o, en otras palabras, a preguntar, por parte de la señora Jennings, por todos y cada uno de sus conocidos, y a reír, por parte de la señora Palmer, sin ningún motivo, esta última propuso que la acompañaran de compras, ya que tenía varias que hacer aquella mañana, a lo cual accedieron tanto la señora Jennings como Elinor, pues las dos también tenían cosas que comprar; y Marianne, aunque al principio se resistió, cedió a sus súplicas y las acompañó.


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