Juicio y sentimiento

Juicio y sentimiento

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Allí donde fueron nunca dejó de estar, naturalmente, en guardia. Especialmente en Bond Street, la sede de muchos negocios, sus ojos buscaban constantemente; y en todas las tiendas en las que entraron, sus pensamientos vagaron igualmente lejos de todo cuanto se le ofrecía a la vista, de todo lo que interesaba y ocupaba a las demás. Inquieta e insatisfecha en todas partes, su hermana no pudo sacarle ni una sola opinión sobre los artículos que quería comprar, ni siquiera cuando eran del interés de ambas; nada le parecía bien; no veía la hora de volver a casa, y no sin dificultad pudo vencer la irritación que le causaban las tediosas demoras de la señora Palmer, cuya atención era captada por todas las cosas bonitas, caras, o nuevas; que ardía en deseos de comprarlo todo, sin decidirse por nada, y malgastaba todo su tiempo entre el éxtasis y la vacilación.

Ya era tarde cuando volvieron a casa aquella mañana; y nada más entrar, Marianne subió volando las escaleras, y cuando Elinor la siguió, se la encontró de espaldas a la mesa con expresión contrita, signo de que Willoughby no había estado allí.

—¿No ha llegado ninguna carta para mí mientras estábamos fuera? —le preguntó al lacayo, que en ese momento entraba con los paquetes. Recibió una respuesta negativa—. ¿Está usted completamente seguro? —insistió—. ¿Está seguro de que ningún criado, ningún mozo me ha traído una carta?


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