Juicio y sentimiento

Juicio y sentimiento

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Los pensamientos de Elinor estuvieron ocupados totalmente por lo que pudiera estar ocurriendo, en su ausencia, en Berkeley Street; pero, a su regreso, un breve ojeada a su hermana bastó para hacerle comprender que Willoughby no había hecho una segunda visita. Justo entonces entró un lacayo con una nota, y la depositó en la mesa.

—¡Es para mí! —gritó Marianne, abalanzándose sobre ella.

—No, señorita; es para mi señora.

Pero Marianne, poco convencida, cogió la nota en sus manos.

—Pues sí: es para la señora Jennings. ¡Qué fastidio!

—Entonces… ¿esperas carta? —dijo Elinor, ya sin poder contenerse.

—Sí… un poco… no mucho.

Tras una breve pausa:

—Marianne, ¿no confías en mí?

—Sí, Elinor… ¿Y tú me haces este reproche? ¡Tú, que no confías en nadie!

—¡Yo! —replicó Elinor, un poco confundida—. La verdad, Marianne, yo no tengo nada que decir.

—Ni yo tampoco —respondió Marianne, con energía—. Estamos en la misma situación. Ninguna de las dos tiene nada que decir; tú, porque no te comunicas, y yo, porque no escondo nada.


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