Juicio y sentimiento

Juicio y sentimiento

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El coronel Brandon, que estaba invitado a la casa de forma general, iba a verlas casi todos los días; iba a contemplar a Marianne y a hablar con Elinor, quien muchas veces disfrutaba más con esas charlas que con cualquier otro acontecimiento del día, pero que también notaba con mucha preocupación el interés que el coronel ponía de continuo en su hermana. Temía que fuera en aumento. Le apenaba ver el fervor con que frecuentemente la miraba, y ahora ciertamente su desánimo era más acentuado que en Barton.

Alrededor de una semana después de su llegada, tuvieron la prueba de que Willoughby también había llegado. Cuando regresaron del paseo matutino, encontraron su tarjeta sobre la mesa.

—¡Loado sea Dios! —exclamó Marianne—. ¡Ha venido mientras estábamos fuera!

—No te preocupes. Mañana volverá.

Pero Marianne apenas dio la impresión de haberla oído, y, al entrar la señora Jennings, huyó con su preciosa tarjeta.

Este acontecimiento, al tiempo que elevó el ánimo de Elinor, devolvió al de su hermana toda, y más que toda, su anterior agitación. Desde ese momento su espíritu no conoció la paz; la expectativa de ver a Willoughby en cualquier momento la dejó sin facultades para otra cosa. Insistió, a la mañana siguiente, en quedarse en casa mientras las demás salían.


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