Juicio y sentimiento

Juicio y sentimiento

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—¿No te parece que hace más frío ahora que esta mañana, Elinor? A mí me parece notar una gran diferencia. Ni con el manguito consigo calentarme las manos. Y ayer eso no ocurría, si no me equivoco. Además, parece que escampa, saldrá el sol dentro de un minuto; y tendremos una tarde despejada.

Elinor se divertía y entristecía sucesivamente; pero Marianne perseveraba, y cada noche en el resplandor del fuego, y cada mañana en los signos del tiempo, veía los síntomas inequívocos de una helada inminente.

Las señoritas Dashwood no tenían más razones para sentirse insatisfechas con la forma de vida de la señora Jennings, y su plantel de relaciones, que con el trato que de ella recibían, que siempre era muy atento. Sus disposiciones domésticas se llevaban a efecto invariablemente según un plan de lo más liberal, y, con la excepción de algunas antiguas amistades de la ciudad, a quienes, muy a pesar de lady Middleton, nunca había dejado de tratar, no visitaba a nadie que pudiera, una vez presentado, permitir a sus jóvenes amigas cambiar de parecer. Contenta de encontrarse, en este aspecto, más a gusto de lo que había supuesto, Elinor se avenía sin excesiva desgana al escaso esparcimiento de esas reuniones nocturnas, que, tanto en casa como fuera de ella, se celebraban sólo para jugar a las cartas, cosa que no podía depararle mucha diversión.


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