Juicio y sentimiento

Juicio y sentimiento

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—Ah, señora, si lo consiguiéramos —dijo Elinor—, nos arreglaríamos muy bien tanto con el coronel Brandon como sin él.

Y, levantándose, salió en busca de Marianne, a quien encontró, como esperaba, en sus habitaciones, inclinada en su mudo desconsuelo sobre las ascuas de un fuego que, hasta que entró Elinor, había sido toda su luz.

—Vale más que me dejes sola —fueron todas las palabras que le dirigió.

—Te dejaré —dijo Elinor— si te metes en la cama.

Pero Marianne, al principio, llevada de la momentánea perversidad de su sufrimiento exasperado, no quiso hacerle caso. Los ruegos insistentes, si bien amables, de su hermana pronto la indujeron, no obstante, a complacerla, y Elinor le vio acostar su dolorida cabeza sobre la almohada, y la dejó, cumpliendo sus esperanzas, en el camino de hallar algún reposo cuando volvió a salir de la habitación.

En el salón, al que entonces dirigió sus pasos, no tardó en recibir la compañía de la señora Jennings, que entró con un vaso de vino, lleno de algo, en la mano.


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