Juicio y sentimiento

Juicio y sentimiento

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Volvió entonces todo su deseo de regresar a casa; nunca había querido tanto a su madre; más aún la quería por su exceso de equívoca confianza en Willoughby, y no veía la hora, no la veía, de marcharse. Elinor, incapaz por su parte de decidir si le convenía más quedarse en Londres o volver a Barton, no supo aconsejar más que paciencia hasta el momento en que la señora Dashwood diera a conocer sus deseos; y finalmente pudo conseguir de su hermana consentimiento para la espera.

La señora Jennings salió esa mañana más temprano que de costumbre; pues hasta que los Middleton y los Palmer no llegaran a condolerse tanto como ella misma, no iba a poder dormir tranquila; y rehusando claramente el ofrecimiento que le hizo Elinor de acompañarla, se fue sola y estuvo fuera el resto de la mañana. Elinor, muy preocupada por el daño que sabía que iba a infligir, se puso entonces a escribir a su madre, a quien tan en vano, según se desprendía de la carta a Marianne, había tratado de poner en antecedentes; le explicó lo que había pasado y solicitó instrucciones para el futuro. Y mientras tanto, Marianne, que al irse la señora Jennings había bajado al salón, permaneció inmóvil en la mesa, a su lado, observando los progresos de su pluma, lamentando la dureza del cometido, y lamentando aún más el efecto que iba a causar en su madre.


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