Juicio y sentimiento

Juicio y sentimiento

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Llevaban un cuarto de hora aproximadamente en esta ocupación cuando Marianne tuvo un sobresalto al oír que llamaban a la puerta: en su estado nervioso, cualquier ruido inesperado la sacaba de quicio.

—¿Quién será? —exclamo Elinor—. ¡A estas horas! Y yo que pensaba que estábamos a salvo.

Marianne se acercó a la ventana.

—¡Es el coronel Brandon! —dijo, irritada—. De él no es posible librarse.

—No pasará, si la señora Jennings no está en casa.

—Yo no confiaría en eso —dijo Marianne, retrocediendo hacia su habitación—. Un hombre que no sabe qué hacer con su tiempo no sabe nunca cuándo molesta a los demás.

Los hechos dieron la razón a su conjetura, injustos y equivocados como eran sus fundamentos; porque el coronel Brandon sí pasó; y Elinor, convencida de que esta visita se debía a su preocupación por Marianne, y que vio esa preocupación en su aspecto melancólico y conturbado, y en el tono escueto pero intranquilo en que preguntó por ella, no pudo perdonar a su hermana su ligereza de juicio.


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