Juicio y sentimiento

Juicio y sentimiento

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—Espero que no haya ofendido a su hermana —dijo— con el parecido que mi imaginación ha trazado entre ella y mi pobre y desgraciada pariente. Su sino, su suerte no pueden ser los mismos; y si la una hubiera tenido, en su dulzura natural de carácter, la guía de un espíritu más fuerte, o de un matrimonio más feliz, habría llegado a ser todo cuanto será la otra y que usted vivirá para ver. Pero ¿a qué viene todo esto? Se diría que la estoy afligiendo sin motivo. ¡Ah, señorita Dashwood…! ¡Un asunto de esta naturaleza… secreto durante catorce años! ¡Cuán peligroso es tocarlo siquiera! Voy a ser más razonable… más conciso. Eliza dejó a mi cuidado a su única hija, el fruto de su primera relación culpable, que por entonces tenía unos tres años. Ella quería a la niña, y nunca la había apartado de su lado. Fue un hermoso, encomiable gesto de confianza en mí; y con gusto habría desempeñado mi deber en el más estricto sentido, cuidándome personalmente de su educación, si las circunstancias de uno y otro lo hubieran permitido; pero yo no tenía familia, ni hogar; y por eso interné a mi pequeña Eliza en un colegio. Iba a verla siempre que podía, y, tras la muerte de mi hermano (que acaeció hace unos cinco años, y que me puso al frente del patrimonio familiar), ella empezó a ir con frecuencia a Delaford. Yo la presentaba como una pariente lejana; pero sé muy bien que he levantado la común sospecha de que nuestro vínculo era más próximo. Hace ahora tres años (acaba de cumplir catorce) la saqué de la escuela y la puse al cuidado de una mujer respetable, que vive en Dorsetshire, y que tiene a su cargo cuatro o cinco muchachas más de la misma edad; y durante dos años no tuve ningún motivo de queja. Pero el pasado mes de febrero, hace casi un año, de pronto desapareció. Yo le había dado permiso (imprudentemente, como luego hubo de verse) para ir a Bath con una de sus amiguitas, que iba a acompañar allí a su padre, delicado de salud. Tenía a este hombre en muy buen concepto, lo mismo que a su hija… más de lo que se merecía, pues ésta, por una terca y mal entendida discreción, nada me dijo, ninguna pista me dio, aunque lo cierto es que lo sabía todo. Su padre, un hombre bonachón pero de cortas luces, es posible, en mi opinión, que no supiera nada, pues él solía quedarse encerrado en casa, mientras las muchachas correteaban por la ciudad conociendo gente a voluntad; y quiso convencerme, como él mismo estaba enteramente convencido, de que su hija no había tenido nada que ver en el asunto. En fin, lo único que supieron decirme fue que se había ido; sobre lo demás, durante ocho largos meses, sólo pude hacer conjeturas. Lo que pensé, lo que temí, huelga decirlo, así como todo lo que sufrí.


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