Juicio y sentimiento
Juicio y sentimiento Marianne había prometido dejarse guiar por la opinión de su madre, y por ello la acató sin protesta, aunque resultara ser muy distinta de la que ella había esperado y aunque creyera que estaba totalmente desencaminada, fundada sobre equivocados principios, y que, con la exigencia de prolongar su estancia en Londres, la privaba del único olvido posible para su desgracia, la condolencia personal de su madre; se sentía condenada a una compañía y a unos ambientes en los que nunca iba a tener un momento de paz.
Pero fue para ella un motivo de gran consuelo saber que aquello que la perjudicaba convenía, en cambio, a su hermana; y Elinor, por otro lado, que sospechaba que no iba a estar en su mano evitar del todo a Edward, se consoló pensando que, aunque por lo dicho quedarse en Londres comprometía su felicidad, iba a ser mejor para Marianne que volver inmediatamente a Devonshire.
Las precauciones tomadas para salvaguardar a su hermana de la sola mención del nombre de Willoughby no fueron en vano. Marianne, aun sin saberlo, recogió sus frutos; pues ni la señora Jennings, ni sir John, ni la señora Palmer siquiera hablaron de él una sola vez en su presencia. Elinor habría querido extender a sí misma el alcance de la prohibición, pero eso no pudo ser, y día tras día se vio obligada a dar fe de la indignación de todos ellos.