Juicio y sentimiento
Juicio y sentimiento Sir John no daba crédito a lo ocurrido. «¡Un hombre del que él siempre había tenido tantos motivos para pensar bien! ¡Un muchacho tan simpático! ¡No creía que hubiese en Inglaterra jinete más audaz! No podía explicárselo. Deseaba con toda el alma que ardiera en el infierno. Nunca, ¡por nada en el mundo!, volvería a dirigirle la palabra, ni aunque coincidieran por casualidad. ¡Ni siquiera si se encontraban en el soto de Barton, y tenían que pasar dos horas esperando juntos! ¡Ese bellaco! ¡Ese perro rastrero! ¡Y pensar que la última vez que le vio había querido regalarle uno de los cachorros de Folly! ¡Pues no! ¡Se acabó!».
También la señora Palmer, a su manera, estaba enojada. «Estaba decidida a borrarlo de su círculo inmediatamente, y muy contenta de no haber llegado a conocerle siquiera. Con toda el alma suspiraba por que Combe Magna no estuviera tan cerca de Cleveland; pero eso era lo de menos, porque, para ir de visita, seguía estando demasiado lejos. Le odiaba tanto que había tomado la determinación de no volver a mencionar su nombre, e iba a decirle a todo el mundo que era un pelele de mucho cuidado».