Juicio y sentimiento
Juicio y sentimiento —Yo más bien dirÃa que no tiene nada en absoluto: sólo su pensión, que pasará a sus hijas.
—Pero no cabe imaginar que viva con arreglo a su renta. Muy poca gente con sentido común harÃa algo asÃ; y de todo lo que ahorre podrá disponer en el futuro.
—¿Y tú no crees más probable que se lo deje a sus hijas antes que a nosotras?
—Sus hijas están las dos magnÃficamente casadas, y no veo por ello la necesidad de que se acuerde más de ellas. En cambio, en mi opinión, al tomarse tanto interés por vosotras, y trataros de esta manera, os ha dado una especie de derecho a su futura consideración, un derecho que una mujer con conciencia no habrá de pasar por alto. No hay mayor amabilidad que la suya; y difÃcilmente puede estar haciendo lo que hace sin reparar en las expectativas a que da lugar.
—No da lugar a ninguna en las partes más interesadas. La verdad, hermano, es que tus ansias de prosperidad y bienestar para nosotras te están llevando demasiado lejos.
—Bueno, a decir verdad —dijo él, con actitud pensativa—, la gente tiene pocos, muy pocos recursos a su alcance. Pero, querida Elinor, ¿qué le ocurre a Marianne? Parece no estar bien, ha perdido el color, y ha adelgazado mucho. ¿Está enferma?