Juicio y sentimiento
Juicio y sentimiento Pero Marianne tardó un poco en dar su brazo a torcer. Edward le parecía un segundo Willoughby; y, siendo cierto que Elinor reconocía haberle amado del modo más sincero, ¿cómo podía ahora sentir menos que ella? En cuanto a Lucy Steele, la consideraba tan completamente indigna de estimación, tan ferozmente incapaz de despertar el amor de un hombre sensible, que en un primer momento no se pudo conseguir que creyera, ni que perdonara luego, que Edward le hubiese profesado otrora algún afecto. Ni siquiera podía admitir que hubiese sido algo natural; y Elinor, para convencerla de que así era, se encomendó a lo único capaz de convencerla, esto es, a un más profundo conocimiento de la naturaleza humana.
Las primeras palabras de Elinor se habían limitado a establecer el hecho del compromiso, y el tiempo transcurrido desde que éste fue concertado. Dicho lo cual, el sentimiento de Marianne la había interrumpido, y puesto fin a todo orden posible en la exposición de los detalles; y durante un rato nada pudo hacerse sino sosegar su aflicción, atenuar sus temores y combatir su rencor. Lo primero que preguntó, y la pregunta condujo luego a otros particulares, fue:
—¿Cuánto tiempo hace que lo sabes, Elinor? ¿Te ha escrito él?
—Desde hace cuatro meses. El pasado mes de noviembre, cuando la conocimos en Barton Park, Lucy me contó confidencialmente su compromiso.