Juicio y sentimiento

Juicio y sentimiento

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Al oír estas palabras, los ojos de Marianne expresaron la perplejidad que sus labios no supieron articular. Tras una maravillada pausa, exclamó:

—¡Cuatro meses…! ¿Lo sabes desde hace cuatro meses…?

Elinor se lo confirmó.

—¡Cómo! Mientras velabas por mi desdicha, ¿llevabas eso en el corazón…? ¡Y yo que te reprochaba que fueras feliz!

—¡No era momento de que supieras cuán al contrario era!

—¡Cuatro meses! —repitió Marianne—. ¡Con esa calma…! ¡Con ese buen humor…! ¿Cómo has podido?

—Aferrándome a la convicción de que estaba cumpliendo con mi deber. Se lo prometí a Lucy, y estaba obligada a guardar el secreto. Se lo debía, por tanto: no podía ofrecer indicio alguno que condujera a la verdad; y ni permitir que mi familia y mis amigos se preocuparan por mí mientras no fuese libre para dar una explicación.

Marianne parecía muy afectada.

—Muchas veces he querido que tú y mi madre vierais —añadió Elinor— que vivíais equivocadas; y una o dos veces he intentado disuadiros; pero jamás habría podido convenceros sin traicionar mi lealtad.

—¡Cuatro meses…! ¡Y todavía le amabas…!


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