Juicio y sentimiento

Juicio y sentimiento

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—Pues me alegro horrores. ¡A Dios gracias! ¡Qué mal lo he pasado! Jamás había visto a Lucy tan furiosa. Al principio prometió que jamás volvería a arreglarme un tocado, y que en toda su vida iba a volver a hacer algo por mí; pero ahora ya se le ha pasado y volvemos a ser tan buenas amigas como antes. Mire qué lazo le ha hecho a mi sombrero, y qué pluma le puso anoche. Bueno, ya sé que usted también va a reírse de mí. Pero ¿por qué no puedo llevar yo cintas rosas? No lo hago porque sea el color favorito del reverendo. Puedo asegurarle que, si no me lo hubiese dicho accidentalmente, jamás habría sabido que lo prefería a cualquier otro color. ¡Y mis primos, que no hacen más que chincharme…! La verdad es que a veces no sé qué ponerme cuando van a estar delante.

La señorita Steele estaba yendo por unos derroteros en los que Elinor poco podía intervenir, y no tardó, en consecuencia, en darse cuenta de que sería necesario remontar la conversación a sus orígenes.

—Bueno, señorita Dashwood —dijo, triunfante—, por mí la gente puede decir lo que quiera sobre la señora Ferrars y su decisión de rechazar a Lucy, pero de tales cosas yo no pienso hablar; es una vergüenza que se divulguen noticias tan inicuas. Y, en todo caso, Lucy es la única que sabe lo que piensa de lo ocurrido, y nadie tiene derecho a decir que lo sabe también.


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