Juicio y sentimiento
Juicio y sentimiento A los dos minutos apenas, Robert empezó a hablar de Edward; también él se había enterado de lo del beneficio y tenía muchas preguntas que hacer. Elinor le refirió los pormenores como había hecho con John; y el efecto que tuvieron sobre Robert, si bien muy diferente, no fue menos acusado que el que habían tenido sobre aquél. Empezó a reír a carcajadas. La idea de que Edward se convirtiera en clérigo, y viviera en una pequeña rectoría, le hacía una gracia desmedida; y cuando a esto se añadió la imagen fantástica de Edward leyendo plegarias con una sobrepelliz blanca, y publicando las amonestaciones de la boda de John Smith y Mary Brown, nada pudo parecerle más divertido.
Elinor, aguardando en silencio, grave e impasible, la conclusión de este disparate, no pudo dejar de mirarle fijamente con una expresión que indicaba todo el desprecio que le inspiraba. Fue, de todos modos, una mirada muy bien ejecutada, porque a ella la alivió y él no se enteró de nada. Robert volvió de la hilaridad a la cordura, no por una recriminación de ella, sino gracias a la delicadeza de sus propios sentimientos.