Juicio y sentimiento

Juicio y sentimiento

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—Podemos tomárnoslo a broma —dijo al fin, reponiéndose de la afectada risa que había prolongado considerablemente la alegría genuina del momento—, pero por Dios que es cosa seria. ¡Pobre Edward! Está perdido para siempre. Y yo lo siento muchísimo, porque sé que es una buenísima persona, un tipo tan bienintencionado como quizá no haya otro en el mundo. No debe usted juzgarlo, señorita Dashwood, por lo poco que le conoce… ¡Pobre Edward! Sus modales quizá no sean los más agraciados del mundo…, pero ya sabe usted que no todos nacemos con las mismas facultades, con el mismo garbo. ¡Pobrecito! ¡Verle en un círculo de extraños! ¡Eso sí que da pena! Pero, a fe mía que no hay en todo el reino nadie con un corazón tan grande; y yo le digo y le vuelvo a decir que en la vida me he llevado una impresión tan fuerte como el día en que se descubrió todo. No podía creerlo. Fue mi madre la que me lo dijo, y yo, viendo que se requería de mí una respuesta enérgica, le contesté en seguida: «Querida señora, no sé lo que haréis vos en esta ocasión, pero por mi parte debo decir que si Edward se casa con esta jovencita, no volveré a hablarle en mi vida». Eso le dije, inmediatamente… ¡Qué extraordinaria conmoción! ¡Pobre Edward! Para él todo ha terminado… ¡Él mismo se ha cerrado las puertas de toda la sociedad respetable…! Pero, tal y como le dije a mi madre inmediatamente, no me sorprende en absoluto; era de esperar, después de como ha sido educado. Mi pobre madre estaba casi frenética.


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