Juicio y sentimiento
Juicio y sentimiento —¡Qué equivocado está, señor Willoughby! ¡Qué reprobables son sus palabras! —dijo Elinor, con una voz que traicionaba, contra su voluntad, la emoción que sentÃa—. No puede usted hablar asà de la señora Willoughby, ni de mi hermana. Usted eligió. Nadie le obligó. Su esposa tiene derecho a su delicadeza, a su respeto al menos. Tiene que quererle; si no, no se habrÃa casado con usted. Tratarla desconsideradamente, hablar de ella a la ligera no es una reparación para Marianne… y no puedo pensar que sea un alivio para usted.
—No me hable de mi mujer —dijo Willoughby, con un hondo suspiro—. No se merece su compasión. Ella sabÃa que yo no la amaba cuando nos casamos. Y, sÃ, nos casamos, y vinimos a Combe Magna en busca de felicidad, y luego volvimos a Londres en busca de placeres. Y ahora ¿se compadece de mÃ, señorita Dashwood? ¿O todo lo que he dicho ha sido en vano? ¿Soy, aunque sólo sea un poco, menos culpable a sus ojos de lo que era antes? No siempre tuve malas intenciones. ¿He justificado de algún modo, en alguna medida, mi culpa?
—SÃ, en verdad algo ha cambiado… un poco. Ha demostrado ser, en conjunto, menos culpable de lo que le habÃa creÃdo. Ha demostrado tener un corazón menos inicuo, mucho menos inicuo. Pero no sabrÃa decir… el daño y la tristeza que ha infligido… no se me ocurre qué habrÃa podido ser peor.