Juicio y sentimiento

Juicio y sentimiento

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Elinor no contestó. Pensaba, silenciosa y concentrada, en el daño irreparable que una independencia económica demasiado prematura y los subsiguientes hábitos de ociosidad, disipación y lujos habían causado en el espíritu, la reputación y la felicidad de un hombre que, a todas sus cualidades de presencia y talento, unía un talante sincero y honrado por naturaleza, y un carácter afectuoso y sensible. El mundo lo había convertido en un ser extravagante y vano. La extravagancia y la vanidad le habían hecho desalmado y egoísta. La vanidad, buscando por cuenta ajena su propio triunfo culpable, le había atrapado en un amor verdadero que la extravagancia, o cuando menos su hija, la indigencia, había exigido sacrificar. Todas las reprobables inclinaciones que le llevaban al mal le habían llevado igualmente al castigo. El amor, del que contra el honor, contra el sentimiento, contra cualquier razón superior, se había querido apartar, gobernaba ahora, cuando ya no era concebible, todos sus pensamientos; y la alianza que había sido, de forma poco escrupulosa, causa de la desolación de su hermana probablemente acabase siendo una fuente de infelicidad para él de naturaleza aún más incurable. De este ensimismamiento la sacó, al cabo de unos minutos, Willoughby, quien, saliendo de un ensimismamiento al menos igual de doloroso, se levantó, dispuesto, a marcharse, y dijo:



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