Juicio y sentimiento
Juicio y sentimiento —Ya no tengo nada que hacer aquÃ. Debo marcharme.
—¿De regreso a la ciudad?
—No. Voy a ir a Combe Magna. Me esperan algunos asuntos; de allà volveré a la ciudad, en un par de dÃas. Adiós.
Le tendió la mano. Ella no pudo negarse a ofrecerle la suya; Willoughby la estrechó con cariño.
—¿De verdad piensa ahora un poco mejor de m� —dijo, desasiéndose, y apoyándose en la repisa de la chimenea como si hubiera olvidado que iba a marcharse.
Elinor le aseguró que sÃ: que le perdonaba, que tenÃa su compasión y sus deseos de bienestar, que le interesaba incluso su felicidad; y añadió algún amable consejo sobre la conducta con más posibilidades para conseguirla. Él contestó sin mucha convicción:
—En cuanto a ser feliz —dijo—, trataré, en lo que pueda, de sobrevivir en este mundo. La felicidad hogareña es impensable. Si puedo, sin embargo, permitirme creer que a usted y a los suyos les preocupan mi sino y mis actos, ése será el camino… quizá pueda prevenirme contra… Como poco, será algo por lo que vivir. Sin duda he perdido a Marianne para siempre. Ni siquiera si, por un bendito azar, volviera a ser libre…
Elinor le interrumpió, recriminándole.
—En fin —contestó Willoughby—, una vez más adiós. Viviré ahora con un solo temor.